El poder de los “otros”

“La mayoría de la gente está convencida de que, mientras no se la obligue a algo mediante la fuerza externa, sus decisiones le pertenecen, y que si quiere algo, realmente es ella quien lo quiere. Pero se trata tan sólo de una de las grandes ilusiones que tenemos acerca de nosotros. Gran número de nuestras decisiones no son realmente nuestras, sino que nos han sido sugeridas desde afuera; hemos logrado persuadirnos a nosotros mismos de que ellas son obra nuestra, mientras que, en realidad, nos hemos limitado a ajustarnos a la expectativa de los demás, impulsados por el miedo al aislamiento y por amenazas aún más directas en contra de nuestra vida, libertad y conveniencia.” – Erich Fromm

La gran dificultad para aceptar que esta frase pueda tener algo de cierto en referencia a nosotros mismos, es que al darla crédito, nos restamos crédito a nosotros mismos. Nos ponemos en la tesitura de reconocer nuestra falta de libertad y autonomía. La creencia en estos valores es lo que nos da seguridad sobre nuestros actos, es lo que permite decirnos: Si, actué correctamente. Es lo que nos permite dormir tranquilos por las noches. Saber que nuestras decisiones y actos son nuestros.

En realidad la cosa no es tan simple. Cuando actuamos “correctamente” nos sentimos bien. El problema está en discernir que significa correctamente. La dificultad y lo verdaderamente importante es saber de donde viene exactamente el creer que algo es lo correcto. Todo ello evitando aludir de forma reduccionista simplemente a razones morales (como pretendiendo que tengan algún tipo de carácter universal), criterios o axiomas racionales y rígidos de decisión, o la simple sensación de: “Esto me hace sentir mejor”. Todo esto son meras justificaciones hechas a posteriori (y no el motivo) que pretenden dar validez a nuestra acción. Son una defensa contra la idea de no estar haciendo algo correctamente. Independientemente de calificar esto como “bueno” o “malo” o tratar de desacreditar esta ignorancia acerca de los motivos que realmente nos mueven a obrar, pretendo ser práctico: Esta forma de inconsciencia si bien es protectora, también es una importante fuente de conflicto, puesto que en muchas decisiones siempre hay factores contrapuestos que “pugnan” entre si, y que hacen parecer que cualquiera de las opciones que se nos presentan tienen un aspecto negativo, o bien nos hacen sufrir, pese a sostener que hacemos “lo correcto”. Pueden incluso llevarnos a la parálisis. A no querer decidir nada en absoluto. A querer de facto que otros sean los que decidan para no cargar con toda esa responsabilidad. En realidad, cuanto más rígidos y sin lugar a dudas sean los criterios de decisión, menos sufrimiento causan cuanto mas integrados estén en la persona. Podría estar aquí cayendo en mi propia trampa de querer ser práctico. Si esto fuera así, nada de estos planteamientos tendría sentido, puesto que lo mejor sería no tener planteamientos, tan solo criterios efectivos. Pero no somos entes puramente racionales, y aunque podamos ser dueños de nuestra racionalidad, no podemos ser del todo dueños de nuestros afectos y emociones. Y si no tenemos la menor idea, ni nos atrevemos a explorar el porqué de esos sentimientos y emociones (dinámicos, complejos, abiertos, contradictorios), seguirán entrando en contradicción con esos rígidos criterios y no tendremos mayor salida que o bien reprimirlos o enmascararlos, o tratar de recanalizarlos de otras formas a fin de evitar esa angustiosa sensación disonante (cuestión complicada cuando no somos capaces siquiera de poder reconocerlos). Yo personalmente prefiero la vía del reconocimiento. La vía de la consciencia. Y la vía de la aceptación pese a toda la oscuridad que pueda haber en ella.

“El sufrimiento de hacer lo correcto”. Seguro que a nadie le extraña esta frase (muy cristiana por otra parte…). Está tan interiorizada que a nadie le sorprende que alguien al hacer lo correcto, se sienta, aliviado por un lado por hacer lo que tiene que hacer, pero contrariado por el otro porque no es lo que realmente deseaba o quería. Y también al contrario! Una persona que no cree hacer “lo correcto”, y siente el “placer” de realizar lo que quería, pero también la culpabilidad de estar faltando a algún tipo de principio al que de alguna manera estaba agarrado. De hecho genera cierto miedo y desconfianza que alguien no sienta estas disonancias ante cosas que dado el “sentido común” de una sociedad en concreto no fueran las correctas. Y poniendo ejemplos extremos por supuesto que esto tiene mucho sentido! Si estoy al lado de una persona preguntándome constantemente si le va a “apetecer” por ejemplo matarme y no tengo nada que me haga confiar en que no lo hará podría volverme loco! Pero en la mayoría de casos a los que quiero referirme las situaciones no son ni mucho menos tan extremas, y aún así se tiende a querer homogeneizar que es lo esperable y bueno dentro de los individuos de una sociedad. Y no es una cuestión de simple opresión desde fuera o miedo a un castigo! Eso no funcionaría del todo bien por si solo. Se trata de una imposición y opresión también desde dentro.

¿Por qué necesitaría alguien generarse cierta opresión u obligación interna al comportamiento en sociedad aparte del “temor” a un posible castigo punitivo?

Por la necesidad de inclusión. Y no hablo de la necesidad de las personas de respetar normas. Sino, el castigo punitivo sea por vía penal, o por vía de marginación, estigma social, etc, serían suficientes! Y solo hay que observar la realidad para ver que pueden darse y se han dado a lo largo de la historia siempre comportamientos desviados respecto a la norma social, y tampoco necesariamente eso hace concluir que podamos estar seguros de que esos “transgresores” sean realmente libres. Casi nadie transgrede normas sociales, o contratos sociales en absoluta soledad. Incluso aunque en efecto estemos físicamente solos, necesitamos sentirnos acompañados de alguien, aunque ese alguien esté en esos momentos solo en nuestra cabeza, aunque sepamos de facto que no es una persona real. ¿Por qué sino cuando alguien muere querríamos respetar las últimas voluntades que esta persona tuviera? ¿Por qué esa necesidad de un Dios ante el que confesarse? ¿Ese respaldo en lo que otros hacen? ¿Esa angustia ante la incomprensión? ¿Es posible que también queramos “respetar” incluso aquellas cosas que no nos dijeron literalmente, si no lo que nos imaginamos que lo agradarían? ¿Podríamos sentirnos queridos y aceptados por alguien que en realidad ya ni siquiera está, o no existe? El arma de doble filo de los otros que tenemos interiorizados es que los identificamos como una parte de nosotros mismos. Eso hace que su poder se multiplique si no somos conscientes de ellos. Porque son parte de nosotros pero no los controlamos. La ventaja de que estén en nosotros es que si podemos llegar a identificarlos y separarnos de ellos, podremos integrar y diferenciar qué somos exactamente nosotros, y reconocer las diferentes voces que habitan en nuestro interior. Aceptando el diálogo y rechazando el juicio o la imposición. No existe disonancia en la total integración y reconocimiento

Si aceptamos que necesitamos sentirnos incluidos, que la responsabilidad de tomar decisiones correctas a veces puede abrumarnos, que no siempre queremos reconocernos lo que hay dentro de nosotros, y que algunos comportamientos se mantienen por el deseo de “respetar” la voluntad (lo que uno cree que es su voluntad) de un otro, o al menos sentirnos incluidos en algo más grande que nosotros, tratando de buscar un equilibrio yo-otros, donde tener algún tipo de vínculo real o imaginario es totalmente necesario. ¿En qué grado nuestras decisiones son totalmente nuestras?

Es posible que nunca lo sean del todo, pero el primer paso para reducir disonancias y establecer algo de claridad en torno a lo que realmente te pertenece es tratar de buscar dentro de ti a esos otros, encontrar las contradicciones, detenerte más en aquello en lo que crees más vehementemente, desenterrar algunos miedos, descubrir aquello que te parece más decepcionante… preguntarte ¿Por qué? y preguntarte acerca de las personas que tienes alrededor, sobre todo aquello que das por supuesto. Aceptar y abrazar todas aquellas dudas que surjan. Construir cada pieza por separado. Y aunque siempre sea necesario encontrar periodos de estabilidad donde disfrutar de los avances que has conseguido… nunca, nunca, nunca, dar por finalizado el proceso. Los otros nunca descansan.

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