Desde donde votamos?

Desde donde votamos voto?

Voy a cambiar el texto a primera persona del singular como un ejercicio de aquello que estoy predicando, ya que muchas veces la mágica primera persona del plural, nos exonera de toda responsabilidad y nos da pie a creer que son otros los que tienen más culpa.

Probablemente no lo admitiría, pero en esencia no voto desde programas políticos, ni desde medidas concretas, ni siquiera desde la ideología. Voto desde la identidad.

La identidad es aquello que me envuelve y me da coherencia y protección ante el frío exterior. Me da margen para la individualidad, pero también me permite pertenecer a algo a lo que otros pertenecen, o al menos podrían (y deberían) pertenecer. [Ni siquiera cuando creo ser un pobre paria que tiene “la razón”, pero que está sólo ante las “hordas bárbaras de descerebrados”, estoy realmente al margen de una identidad social construida. Una trampa de hecho, que frecuentemente me deja en un bloqueo. Por una parte ansío y demando que más gente “comprenda” que estoy en lo cierto y se sumen a mi causa. Y por otra parte, como mi identidad se ha forjado en la exclusión de casi todo lo demás, el hecho de que se sume gente lo percibo como un ataque a mi identidad. Aún así, pese a ser relevante, no era este el punto que quería desarrollar hoy.]

Es curioso cómo, sin ningún éxito, he tratado de discutir con otros acerca de que mi opción política es la mejor (aunque vaya de modesto y respetuoso para ello). Y en la mayoría de casos, con cierta incredulidad rollo: “¿Pero cómo es posible que mengana piense así!!!??”. Y ante la aparente imposibilidad de llegar a acercamientos, cuando discuto con gente afín emocionalmente (amigos, familia, compañeros, etc) solemos llegar a un falso consenso en plan: “Bueno, cada uno tiene su opinión y es respetable”. Y es un falso consenso porque no lo creemos de verdad. Sigo creyendo que es inaudito que piensen de esa otra forma. O peor aún, banalizo la discusión política como una cuestión “estética” y de gustos personales: “Si a ti no te gusta al menos respeta que a mi si”. Y cuando hablo de respeto, en realidad solo significa obviar el tema, que es algo muy alejado de lo que realmente significa el respeto. Al final, me veo atrapado entre interpretar la “falta de acuerdo” como un fallo involuntario suyo (lo engañado que está) o un fallo mío (no he sabido convencerle y que vea la “verdad”). Nunca considero que el otro pueda tener razón. Y si yo no lo considero… ¿cómo puedo esperar que el otro si lo haga? … Aunque esto puede llevarme a un callejón sin salida resulta clave para las siguientes ideas que quiero introducir:

¿Qué es lo que discuto con el otro? ¿Lo escucho, o me limito a reproducir “argumentario” (sea propio o de otros), para combatir el argumentario del otro? O peor aún… le espeto que lo que dice es producto de la manipulación que se traga de la radio “x” donde le adoctrinan (no como yo, que llevo a cabo un concienzudo proceso de reflexión para atarme bien las ideas y estar seguro de que son las buenas). El otro siempre es tonto o malo, no como yo. Además, me obsesiona ganar y tener la razón. Llega un punto en que no discuto para convencer, sino para quedar por encima. Porque ya me he convencido de que el otro no va a cambiar de idea. Así que por lo menos, intentaré demostrarme que soy en efecto mejor y estoy en el lado bueno. Trataré de hacerle ver lo “ridículos” que son sus argumentos. Si la discusión es pública y online, trataré además de meter algún “zasca” para que otros admiren mi capacidad discursiva. Y luego después repasaré que más podría haberle dicho para ponerle en “jaque”. Y en este tránsito, se me olvida intentar entender al otro. Como si pudiera convencer a alguien solo por “fuerza bruta”, sarcasmo y un puntito de humillación. Besis de fresi a todos (Facepalm)

Todavía no queda claro que tiene exactamente esto que ver con el tema que mencionaba al principio de la identidad y votar. Si discuto sobre medidas, sobre acciones, incluso sobre valores, me puedo permitir dudar y aceptar que el otro puede tener razón. Son cosas que pertenecen al futuro, o al campo moral, y aunque los datos puedan arrojar predicciones tengo más asumido que puedo equivocarme. Pero las identidades, aunque inherentes al ser humano, y más abiertas o más cerradas, no se pueden discutir. A través de ella me “siento” parte de una idea de mundo, su concepción, su ideal… todo cosas etéreas, y relativamente admirables desde cualquier perspectiva, hagan más enfasis en unas cosas u otras. Puedo defender la justicia social, la igualdad, la solidaridad. También puedo defender el esfuerzo, el progreso, la libertad. O los valores, la unión, la solidaridad, etc. Y sí; he repetido un concepto en dos visiones, porque lo que tienen las identidades también es que usan la mayoría de veces las mismas palabras y valores, solo que de una manera excluyente con respecto a otras identidades. “Lo mío sí es solidaridad, no como lo tuyo”. Luego me apego a esa identidad porque los valores que describe me gusta como “me quedan”, y me permite tener también cierto “marco moral” por el que transitar, aunque a veces más de viva voz que de “vivo hecho” (aparte de otras personas con las que tener cosas en común y no sentirme solo).

Para que cualquier identidad se mantenga viva necesita por definición la figura de un otro. El otro no es ni más ni menos que todo aquello que excluye mi identidad y no puede pertenecer a ella o que no nos deja desarrollarla (en ocasiones veo como un ataque a mi identidad el mero hecho de que ni sean, ni quieran ser como yo, porque… ¿Qué clase de depravado podría no estar de acuerdo con estos grandes principios?). Por supuesto, aparte de las “grandes” identidades políticas con sus otros respectivos, siempre hay algo todavía más excluido que una “identidad rival”, y es un otro sin identidad. Un otro que no se ve reflejado ni apoyado en ningún sitio. No tiene portavoces ni bandera ni justificación. Y además sus reclamos o formas de hacer están totalmente fuera del sentido común. Solo pueden ser locos o delincuentes. Y a estos los combaten o ignoran todas las identidades. Son los olvidados y los repudiados (hasta que consiguen introducirse como una nueva identidad con sus propias lógicas de inclusión/exclusión, y la rueda sigue girando…)

[Importante matiz: No discutir desde las identidades, no significa que no sea lógico hablar de colectivos que sufren y padecen unas condiciones determinadas. Al margen de las identidades hay “hechos” como ser mujer, trabajador, precario, inmigrante, etc, que condicionan de alguna manera como vives y las relaciones de poder en las que estas inmerso]

El principal fallo de discutir de política siempre a través de identidades, aparte de lo infructuoso que resulta, ya que las identidades son de por si excluyentes entre si, es que existe una cosa llamada intermediarios y referentes. Estos, se enarbolan con mi identidad, sea desde partidos, desde medios de comunicación, o desde cuentas de twitter, y le echan muuucha comida a esa identidad. Me hacen sentirme tremendamente bien de estar en el lado correcto, me echan comida también para que compruebe lo mezquinos y horribles que son en el otro lado. En principio ataco solo a representantes y referentes del otro lado. Pero si ellos son así de mezquinos y horribles, aquellos que lo apoyan… son complices! ¿Cómo voy a entenderme con los cómplices de los enemigos de la “x”? (la libertad, el progreso, la igualdad, la justicia, la nación, etc).

Al final entonces, a la hora de votar, me veo casi “obligado”, si soy consecuente con esa identidad a la que pertenezco, y quiero pertenecer, a votar lo que voto (y de hecho se me “persuade” de que solo construya identidad a través de un único acto político, que es el voto, y luego a través del “consumo”, es decir, del mercado). NOS hurtan los conceptos, el debate, y la capacidad de diálogo. Voto (o no voto) con . Y puedo cambiar de papeleta en el mismo sentido que cambio de marca de colonia o equipo de futbol. Lo entiendo como fidelidad a uno mismo, mi esencia o mis principios (cuando me mantengo), o como un reflejo de mi independencia y falta de adoctrinamiento (cuando cambio). Si lo hace el otro, en cambio, es un borrego en el primer caso, o una veleta en el otro.

¿Qué es el voto entonces al final en su mayoría? La esperanza (la esperanza de esperar, claro) de que “gobierne” alguien que tenga en cuenta mi identidad. Pero ello sin darme cuenta de que esa identidad me ha venido en un gran porcentaje dada por aquellos que dicen estar defendiéndola, o en el caso de no votar, por la creencia de que nadie la defiende. Y con esto se pierde el fundamento “práctico” y real del voto: Mostrar tu preferencia, que no adhesión, teniendo en cuenta a toda la sociedad y no solo a ti mismo o a tu identidad, a las propuestas de un partido político concreto en un momento dado, aunque sea por desprecio total del resto de opciones, sin que ello signifique delegar tus derechos como ciudadano a no estar de acuerdo posteriormente con sus acciones, ni que ellos representen tu modelo de sociedad. Elegir lo menos malo, en un sistema que sigue rodando independientemente de tu voto, y lo refinados que sean tus principios individuales. Votar no es renunciar a construir la “verdadera” alternativa, ni creerte el discurso del partido al que votas. Es facilitarte las cosas para ese horizonte deseado, votando aquello que más se ajuste, o más te permita acercarte. No los legitimas. Ellos no necesitan eso para legitimarse. Tienen el monopolio de la violencia y la economía está en manos del “mercado”. Desengañate… eso de que la abstención masiva nos conduce al paraiso no es real. Y en todo esto de votar o no votar se pierde uno en discusiones absurdas de si sirve para todo o no sirve para nada… Y en ambos casos la ciudadanía siempre pierde. Sirve… para lo que sirve. Ni más ni menos.

Aunque haya quedado ya claro con mi “alegato anti-abstención”, no estoy suscribiendo un relativismo total en que todas las opciones son iguales o igual de “válidas” o “invalidas” porque eso no es cierto. Toda esta reflexión anterior acerca de las identidades está destinada al trato hacia los otros en el terreno de la discusión “política” (es decir, no estoy hablando de que si te van agredir intentes negociar con el agresor) y a ser un poco más críticos con “lo nuestro” (y en este caso, “lo nuestro”, no es aquello de lo que ya he renegado y critico desde fuera, si no lo que suscribo en la actualidad). Aún así, volviendo a lo de las identidades, por supuesto que hay identidades mucho más excluyentes que otras, que no solo necesitan ridiculizar al otro o excluirlo, sino también eliminarlo o someterlo. Yo mismo con este texto puedo estar fomentando eso. Trato de generar una identidad ideal en contraposición a otros que pongo en el “mal camino”, solo que no le he puesto nombre. Es el mismo proceso. Es iluso creer que uno puede escapar de él. Pero la diferencia sigue siendo como tratas y defines al otro. Yo también soy el otro.

Esto tampoco es una oda a la individualidad absoluta, a renunciar al concepto de identidad o a atomizarme todavía más. Todo lo contrario. Con esto quiero decir que cuando hable con “otros” trate de hablar del fondo de las cuestiones y descubra que me une con el otro (no imitemos la dialéctica política de esos referentes), y partir de ahí para discutir después aquello que a priori, se nos antojaba tan diferente. Todos creemos estar en el lado correcto y tener unos principios dignos de admiración. Tengo que reconocer eso en el otro, tengo que reconocer sus razones para pensar como piensa, reconocer que yo también soy un borrego en multitud de ocasiones cuando no tengo tiempo de pensar a fondo algunas cosas, y me fío de lo que dicen mis referentes. Reconocer que también son humanos. Reconocer que hay algo de involuntario en ser quien soy y pensar como pienso. Reconocer que mi “bando” es en muchas ocasiones más producto de mi historia vital y mi consumo cultural de lo que nos gustaría reconocer. Reconocer que también he simplificado la realidad cuando así mi posición salía bien parada. Reconocer, en definitiva, el humano que hay al otro lado, con unos miedos, anhelos y emociones muy parecidos muchas veces, solo que expresados a través de otros mecanismos. Y reconocer eso no es rendirse. Y respetar al otro NO es “dejar que cada uno tenga su opinión”. Se trata simplemente de que lo trate como a un ser humano.

 

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